miércoles, octubre 14, 2009

Siete

Hoy estaba como triste. No tenía ganas de nada. En el trabajo estuve bastante tiempo distraída (siempre y cuando no interfería en mi trabajo), ensimismada. Por no tener, no tenía ni hambre, desayuné menos que un ratoncito mellado. Todo lo que me hablaban mis compañeros me llegaba a mis oídos como los ecos de sonidos bajo el agua. Estaba dentro de mi propia burbuja. Aislada del mundo, del hambre, del sueño, del trabajo. Creo que me estoy enamorando. Nadie lo notó, pero me puse una media en cada pierna de distinto modelo, menos mal que se parecían.

Lo conocí hace varios meses por internet, vive cerca de aquí, pero nunca nos hemos visto en persona. Es más joven que yo, pero más maduro que la mayoría de tíos que conozco de mi edad. Siempre me hace reir. Quiere que vayamos al cine un día de estos o a tomar algo, puede que ambas cosas. No sé, me da como vergüenza y miedo a no estar a la altura. La cosa es que nunca hemos pasado de la línea de la amistad. Pero sé que tampoco la tenemos prohibida. Me lo pensaré. Tiene siete años menos que yo.

martes, octubre 13, 2009

Mi examigo mexicano

No lo conocía de mucho, pero me caía bien hasta que hizo aquello.

El que era un amigo mexicano que conocí por internet estaba casado pese a su edad, 24 años. Su mujer con un año menos estaba en la cocina fregando los platos. La cocina y el salón estaban corridos, no había pared que los separara. Por ello podía ver a su mujer fregar los platos a lo lejos, detrás de él, cuando me puso su cam. Chateaba conmigo sentado en la mesa con su portátil. La mexicana contoneaba el culo con cada plato que fregaba. Los cubiertos tintinaban, lo escuchaba todo a través de la videoconferencia.

En la pantalla de su pc, aparte de verse así mismo por la cam también veía la imagen de su esposa. Llevaba un rato haciéndome comentarios algo subidos de tono. Aunque había video y audio lo escribíamos todo. De pronto me dijo "mira que nalgona está mi mamita". El pantalón largo y blanco que llevaba ceñido le hacía ver realmente un culito bastante simpático. "Ahora atenta..." y se levantó.

Se fue hacia ella, se puso detrás mientras esta seguía con los platos. Le dijo algo al oído. No escuchaba nada de lo que le susurraba. Ella reía, ajena de que la estuviera viendo una española a miles de kilómetros. Quité mi webcam pero seguía la de él. La abrazó desde atrás, ella seguía enjuagando los cacharros como si nada pasara, y así siguió ignorándolo mientras él empezó a frotar su entrepierna con su trasero a la vez que le agarraba los pechos por encima de la camiseta de ella. De pronto miró hacia la cámara web y me sonrió. Sentí un escalofrío.

Se calentó a tal punto que no se pudo refrenar. Le bajó con rapidez los pantalones blancos hasta las rodillas. Lo mismo hizo con unas bragas blancas. Sin bajarse ni abrirse su pantalón vaquero se bajó la cremallera y se sacó su miembro por ahí. Después de varios intentos logró penetrarla vaginalmente desde atrás. Ella gemía como si no tuviera vecinos y él seguía a veces regalándome una mirada calenturienta.

Me puse tan cachonda como aterrada. Sin saber qué hacer. Finalmente quité su cámara, lo eliminé de mis contactos. Me fui a mi cama a masturbarme.

domingo, octubre 11, 2009

Vacuna fallida

Hay ciertas personas a las que mejor no tocarle las narices, por no decir otra cosa. Me refiero a sectores profesionales. No me fiaría de comerme el plato que me ha servido un camarero si minutos antes le he estado recriminando algo. Tampoco putearía a un abogado en su cara si es el encargado de defenderme. ¿Te imaginas cagarte en los muertos de un cirujano que minutos después te va a operar a vida o muerte? Por eso mismo me quedé callada cuando hace dos días fui a vacunarme de la gripe estacional.

Era una rubia de bote, cincuentona, con dos tetas asimétricas, tan grandes y pesadas como las ubres de una vaca vieja y gorda. La cosa es que era gorda, gordísima. Parecía un tonel. Un impresionante escote al que poco le faltaba para dejar entrever los pezones. Si yo ya soy pequeñita, esta era más. Tenía cara de puta de barrio jubilada. Encima se daba aires como de ser alguien importante. Cuando no es más que una puta enfermera del montón, hasta menos que eso. Mis respetos a las enfermeras de verdad.

Me dijo mirando al pc (ignorándome) que yo no estaba en los grupos de riesgo. Que no aparecía ninguna nota de mi doctor de cabecera. Que no me había vacunado nunca antes de la gripe, cuando sí lo había hecho varios años. Me preguntó que por qué me quería vacunar. Le dije que suelo tener complicaciones después de una gripe. Me contestó que es normal toser un poco después de salir de una gripe al estar en bares. ¿Pero de qué mierda me estaba hablando?

-¿Entonces qué pasa?
-Lo siento pero no te la pongo.

Cabrona. Ni si quiera es ella quien paga la vacuna. Me fui a mi piso. Pasé de vacunarme este año. Ni de esta gripe ni de la A ni de la puta que la parió a la enfermera.

Zorra.

Hijas de puta

El otro día iba en el bus, era poco después de comer así que no había mucha gente. Unos asientos delante de mí veía a un par de amigas adolescentes (parecían sacadas de alguna serie para jóvenes pijas de Disney Channel) muy máquilladas y repeinadas, con unas ropas que hacían parecer una monja a cualquier estrella del pop.

Al otro lado del pasillo de donde estaban sentadas estas chicas había un chaval con síndrome de Down, mayor que ellas. Ellas estaban atareadas con el móvil de una de las dos, cuchicheando algo, de pronto el chico se dirigió a ellas.

-Perdonadme.

Parece que no lo escucharon. Por eso insistió pero esta vez tocando en el brazo a la que más cerca le pillaba.

-Perdona.
-¿Qué mierda estás haciendo mongolo de los cojones? Deja de tocarme subnormal.
-Perdona, sólo quería saber si tenéis hora.

Se le veía muy triste con el trato que le habían dado. Tanto que se cambió de asiento, pasó del pasillo a la ventana, y se quedó mirando el paisaje, perdido en sí mismo. Me levanté y anduve a tropezones porque el autobús estaba en marcha. Me senté a su lado tras preguntarle si podía.

-Son las cuatro y media.

Me sonrió. Las niñas de al lado seguían a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Me preguntó por mi nombre. Él me dijo el suyo. Me dio las gracias y apenas nos dijimos nada más, pero ya lo notaba mejor. Las hijas de puta de al lado bajaron varias paradas después. Eso me tranquilizó. Yo me bajé antes que él. Me arrepentí de no haberlas puteado. En aquel momento me preocupé más de su tristeza que de mi odio. Deberían haberlas atropellado un coche aquella tarde.

Ojalá.

sábado, octubre 03, 2009

Masajes laborales

El otro día en la oficina estaba un poco cansada. Más que cansada estaba dolorida de la espalda. Tanto ordenador, tanta silla giratoria no es bueno. Tenía el cuello algo tenso. Entonces eché a volar mi imaginación.

Pensé que sería una buena idea que el Gobierno permitiera tener un masajista por cada trabajador. Ya estuviera trabajando en una sucursal de banquero o de peón de albañil en una obra al aire libre, de frutera en el mercado, incluso de taxista. Cada cual tendría que dar de su propio sueldo un tanto por ciento al Estado. Este se encargaría que durante la jornada laboral disfrutara cada uno de unos minutos de relax. Que tuviera mis diez minutillos de masajes. Sin moverme del sitio, claro. El masajista o la masajista tendría movilidad absoluta. Entonces cuando ya disfrutaba de mi genial idea, me apareció otra mejor.

Que pudieras elegir si quieres diez minutos de masajes relajantes o un buen polvo.

Me quedé con las ganitas.