La casa era tan destartalada como la cronología de un adicto a las drogas. Buscaba entre sus cajones y rincones más ocultos... ni yo sabía qué buscaba. Pero estaba empeñada en ello. Como si fuera una película erótica iba totalmente desnuda, dejando mi trasero al aire y en posición cuando me agachaba al querer seguir husmeando entre los huecos de la casa. En una de esas un tipo me agarró por las nalgas y me las abrió como el que quiere abrir un melón entreabierto por una cuchillada. Entonces me violó. Analmente.
Un rato más tarde me encontraba acariciando un perro con el lomo manchado de heces. Sin embargo me entretenía acariciándolo. Fue entonces cuando una anciana con el pelo canoso y varias heridas en la cabeza se me acercó y me dijo cosas inconexas. Menos la entendí cuando su voz quedó en segundo plano y me quedé fija mirando cómo de sus heridas salían y entraban gusanos. Le miraba a los ojos y enseguida volvía a los bichitos. No lo podía evitar.
Acabé saliendo de aquel lugar por una calle llena de basura. Al ir desnuda estaba expuesta a todo lo que había tirado por el suelo. Ni si quiera estaba asfaltado. Cuando el suelo parecía estar más limpio me encontré con unos monaguillos que apedreaban a un cura de negro que huía de ellos. Me persigné y seguí mi camino. Escuché unos gemidos y eran de una monja veinteañera con el hábito por encima de sus pechos blancos dejándose tomar por un quinceañero pajillero con una polla descomunal. Me acerqué a ellos. Se la agarré a él y palpitante que estaba como el corazón de un hamster tras correr en la rueda, la guié hasta el entonces santo y virgen rincón húmedo de la religiosa.
Ahí acabó mi sueño. Ahí empieza tu imaginación.
sábado, noviembre 21, 2009
miércoles, octubre 14, 2009
Siete
Hoy estaba como triste. No tenía ganas de nada. En el trabajo estuve bastante tiempo distraída (siempre y cuando no interfería en mi trabajo), ensimismada. Por no tener, no tenía ni hambre, desayuné menos que un ratoncito mellado. Todo lo que me hablaban mis compañeros me llegaba a mis oídos como los ecos de sonidos bajo el agua. Estaba dentro de mi propia burbuja. Aislada del mundo, del hambre, del sueño, del trabajo. Creo que me estoy enamorando. Nadie lo notó, pero me puse una media en cada pierna de distinto modelo, menos mal que se parecían.
Lo conocí hace varios meses por internet, vive cerca de aquí, pero nunca nos hemos visto en persona. Es más joven que yo, pero más maduro que la mayoría de tíos que conozco de mi edad. Siempre me hace reir. Quiere que vayamos al cine un día de estos o a tomar algo, puede que ambas cosas. No sé, me da como vergüenza y miedo a no estar a la altura. La cosa es que nunca hemos pasado de la línea de la amistad. Pero sé que tampoco la tenemos prohibida. Me lo pensaré. Tiene siete años menos que yo.
Lo conocí hace varios meses por internet, vive cerca de aquí, pero nunca nos hemos visto en persona. Es más joven que yo, pero más maduro que la mayoría de tíos que conozco de mi edad. Siempre me hace reir. Quiere que vayamos al cine un día de estos o a tomar algo, puede que ambas cosas. No sé, me da como vergüenza y miedo a no estar a la altura. La cosa es que nunca hemos pasado de la línea de la amistad. Pero sé que tampoco la tenemos prohibida. Me lo pensaré. Tiene siete años menos que yo.
martes, octubre 13, 2009
Mi examigo mexicano
No lo conocía de mucho, pero me caía bien hasta que hizo aquello.
El que era un amigo mexicano que conocí por internet estaba casado pese a su edad, 24 años. Su mujer con un año menos estaba en la cocina fregando los platos. La cocina y el salón estaban corridos, no había pared que los separara. Por ello podía ver a su mujer fregar los platos a lo lejos, detrás de él, cuando me puso su cam. Chateaba conmigo sentado en la mesa con su portátil. La mexicana contoneaba el culo con cada plato que fregaba. Los cubiertos tintinaban, lo escuchaba todo a través de la videoconferencia.
En la pantalla de su pc, aparte de verse así mismo por la cam también veía la imagen de su esposa. Llevaba un rato haciéndome comentarios algo subidos de tono. Aunque había video y audio lo escribíamos todo. De pronto me dijo "mira que nalgona está mi mamita". El pantalón largo y blanco que llevaba ceñido le hacía ver realmente un culito bastante simpático. "Ahora atenta..." y se levantó.
Se fue hacia ella, se puso detrás mientras esta seguía con los platos. Le dijo algo al oído. No escuchaba nada de lo que le susurraba. Ella reía, ajena de que la estuviera viendo una española a miles de kilómetros. Quité mi webcam pero seguía la de él. La abrazó desde atrás, ella seguía enjuagando los cacharros como si nada pasara, y así siguió ignorándolo mientras él empezó a frotar su entrepierna con su trasero a la vez que le agarraba los pechos por encima de la camiseta de ella. De pronto miró hacia la cámara web y me sonrió. Sentí un escalofrío.
Se calentó a tal punto que no se pudo refrenar. Le bajó con rapidez los pantalones blancos hasta las rodillas. Lo mismo hizo con unas bragas blancas. Sin bajarse ni abrirse su pantalón vaquero se bajó la cremallera y se sacó su miembro por ahí. Después de varios intentos logró penetrarla vaginalmente desde atrás. Ella gemía como si no tuviera vecinos y él seguía a veces regalándome una mirada calenturienta.
Me puse tan cachonda como aterrada. Sin saber qué hacer. Finalmente quité su cámara, lo eliminé de mis contactos. Me fui a mi cama a masturbarme.
El que era un amigo mexicano que conocí por internet estaba casado pese a su edad, 24 años. Su mujer con un año menos estaba en la cocina fregando los platos. La cocina y el salón estaban corridos, no había pared que los separara. Por ello podía ver a su mujer fregar los platos a lo lejos, detrás de él, cuando me puso su cam. Chateaba conmigo sentado en la mesa con su portátil. La mexicana contoneaba el culo con cada plato que fregaba. Los cubiertos tintinaban, lo escuchaba todo a través de la videoconferencia.
En la pantalla de su pc, aparte de verse así mismo por la cam también veía la imagen de su esposa. Llevaba un rato haciéndome comentarios algo subidos de tono. Aunque había video y audio lo escribíamos todo. De pronto me dijo "mira que nalgona está mi mamita". El pantalón largo y blanco que llevaba ceñido le hacía ver realmente un culito bastante simpático. "Ahora atenta..." y se levantó.
Se fue hacia ella, se puso detrás mientras esta seguía con los platos. Le dijo algo al oído. No escuchaba nada de lo que le susurraba. Ella reía, ajena de que la estuviera viendo una española a miles de kilómetros. Quité mi webcam pero seguía la de él. La abrazó desde atrás, ella seguía enjuagando los cacharros como si nada pasara, y así siguió ignorándolo mientras él empezó a frotar su entrepierna con su trasero a la vez que le agarraba los pechos por encima de la camiseta de ella. De pronto miró hacia la cámara web y me sonrió. Sentí un escalofrío.
Se calentó a tal punto que no se pudo refrenar. Le bajó con rapidez los pantalones blancos hasta las rodillas. Lo mismo hizo con unas bragas blancas. Sin bajarse ni abrirse su pantalón vaquero se bajó la cremallera y se sacó su miembro por ahí. Después de varios intentos logró penetrarla vaginalmente desde atrás. Ella gemía como si no tuviera vecinos y él seguía a veces regalándome una mirada calenturienta.
Me puse tan cachonda como aterrada. Sin saber qué hacer. Finalmente quité su cámara, lo eliminé de mis contactos. Me fui a mi cama a masturbarme.
domingo, octubre 11, 2009
Vacuna fallida
Hay ciertas personas a las que mejor no tocarle las narices, por no decir otra cosa. Me refiero a sectores profesionales. No me fiaría de comerme el plato que me ha servido un camarero si minutos antes le he estado recriminando algo. Tampoco putearía a un abogado en su cara si es el encargado de defenderme. ¿Te imaginas cagarte en los muertos de un cirujano que minutos después te va a operar a vida o muerte? Por eso mismo me quedé callada cuando hace dos días fui a vacunarme de la gripe estacional.
Era una rubia de bote, cincuentona, con dos tetas asimétricas, tan grandes y pesadas como las ubres de una vaca vieja y gorda. La cosa es que era gorda, gordísima. Parecía un tonel. Un impresionante escote al que poco le faltaba para dejar entrever los pezones. Si yo ya soy pequeñita, esta era más. Tenía cara de puta de barrio jubilada. Encima se daba aires como de ser alguien importante. Cuando no es más que una puta enfermera del montón, hasta menos que eso. Mis respetos a las enfermeras de verdad.
Me dijo mirando al pc (ignorándome) que yo no estaba en los grupos de riesgo. Que no aparecía ninguna nota de mi doctor de cabecera. Que no me había vacunado nunca antes de la gripe, cuando sí lo había hecho varios años. Me preguntó que por qué me quería vacunar. Le dije que suelo tener complicaciones después de una gripe. Me contestó que es normal toser un poco después de salir de una gripe al estar en bares. ¿Pero de qué mierda me estaba hablando?
-¿Entonces qué pasa?
-Lo siento pero no te la pongo.
Cabrona. Ni si quiera es ella quien paga la vacuna. Me fui a mi piso. Pasé de vacunarme este año. Ni de esta gripe ni de la A ni de la puta que la parió a la enfermera.
Zorra.
Era una rubia de bote, cincuentona, con dos tetas asimétricas, tan grandes y pesadas como las ubres de una vaca vieja y gorda. La cosa es que era gorda, gordísima. Parecía un tonel. Un impresionante escote al que poco le faltaba para dejar entrever los pezones. Si yo ya soy pequeñita, esta era más. Tenía cara de puta de barrio jubilada. Encima se daba aires como de ser alguien importante. Cuando no es más que una puta enfermera del montón, hasta menos que eso. Mis respetos a las enfermeras de verdad.
Me dijo mirando al pc (ignorándome) que yo no estaba en los grupos de riesgo. Que no aparecía ninguna nota de mi doctor de cabecera. Que no me había vacunado nunca antes de la gripe, cuando sí lo había hecho varios años. Me preguntó que por qué me quería vacunar. Le dije que suelo tener complicaciones después de una gripe. Me contestó que es normal toser un poco después de salir de una gripe al estar en bares. ¿Pero de qué mierda me estaba hablando?
-¿Entonces qué pasa?
-Lo siento pero no te la pongo.
Cabrona. Ni si quiera es ella quien paga la vacuna. Me fui a mi piso. Pasé de vacunarme este año. Ni de esta gripe ni de la A ni de la puta que la parió a la enfermera.
Zorra.
Hijas de puta
El otro día iba en el bus, era poco después de comer así que no había mucha gente. Unos asientos delante de mí veía a un par de amigas adolescentes (parecían sacadas de alguna serie para jóvenes pijas de Disney Channel) muy máquilladas y repeinadas, con unas ropas que hacían parecer una monja a cualquier estrella del pop.
Al otro lado del pasillo de donde estaban sentadas estas chicas había un chaval con síndrome de Down, mayor que ellas. Ellas estaban atareadas con el móvil de una de las dos, cuchicheando algo, de pronto el chico se dirigió a ellas.
-Perdonadme.
Parece que no lo escucharon. Por eso insistió pero esta vez tocando en el brazo a la que más cerca le pillaba.
-Perdona.
-¿Qué mierda estás haciendo mongolo de los cojones? Deja de tocarme subnormal.
-Perdona, sólo quería saber si tenéis hora.
Se le veía muy triste con el trato que le habían dado. Tanto que se cambió de asiento, pasó del pasillo a la ventana, y se quedó mirando el paisaje, perdido en sí mismo. Me levanté y anduve a tropezones porque el autobús estaba en marcha. Me senté a su lado tras preguntarle si podía.
-Son las cuatro y media.
Me sonrió. Las niñas de al lado seguían a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Me preguntó por mi nombre. Él me dijo el suyo. Me dio las gracias y apenas nos dijimos nada más, pero ya lo notaba mejor. Las hijas de puta de al lado bajaron varias paradas después. Eso me tranquilizó. Yo me bajé antes que él. Me arrepentí de no haberlas puteado. En aquel momento me preocupé más de su tristeza que de mi odio. Deberían haberlas atropellado un coche aquella tarde.
Ojalá.
Al otro lado del pasillo de donde estaban sentadas estas chicas había un chaval con síndrome de Down, mayor que ellas. Ellas estaban atareadas con el móvil de una de las dos, cuchicheando algo, de pronto el chico se dirigió a ellas.
-Perdonadme.
Parece que no lo escucharon. Por eso insistió pero esta vez tocando en el brazo a la que más cerca le pillaba.
-Perdona.
-¿Qué mierda estás haciendo mongolo de los cojones? Deja de tocarme subnormal.
-Perdona, sólo quería saber si tenéis hora.
Se le veía muy triste con el trato que le habían dado. Tanto que se cambió de asiento, pasó del pasillo a la ventana, y se quedó mirando el paisaje, perdido en sí mismo. Me levanté y anduve a tropezones porque el autobús estaba en marcha. Me senté a su lado tras preguntarle si podía.
-Son las cuatro y media.
Me sonrió. Las niñas de al lado seguían a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Me preguntó por mi nombre. Él me dijo el suyo. Me dio las gracias y apenas nos dijimos nada más, pero ya lo notaba mejor. Las hijas de puta de al lado bajaron varias paradas después. Eso me tranquilizó. Yo me bajé antes que él. Me arrepentí de no haberlas puteado. En aquel momento me preocupé más de su tristeza que de mi odio. Deberían haberlas atropellado un coche aquella tarde.
Ojalá.
sábado, octubre 03, 2009
Masajes laborales
El otro día en la oficina estaba un poco cansada. Más que cansada estaba dolorida de la espalda. Tanto ordenador, tanta silla giratoria no es bueno. Tenía el cuello algo tenso. Entonces eché a volar mi imaginación.
Pensé que sería una buena idea que el Gobierno permitiera tener un masajista por cada trabajador. Ya estuviera trabajando en una sucursal de banquero o de peón de albañil en una obra al aire libre, de frutera en el mercado, incluso de taxista. Cada cual tendría que dar de su propio sueldo un tanto por ciento al Estado. Este se encargaría que durante la jornada laboral disfrutara cada uno de unos minutos de relax. Que tuviera mis diez minutillos de masajes. Sin moverme del sitio, claro. El masajista o la masajista tendría movilidad absoluta. Entonces cuando ya disfrutaba de mi genial idea, me apareció otra mejor.
Que pudieras elegir si quieres diez minutos de masajes relajantes o un buen polvo.
Me quedé con las ganitas.
Pensé que sería una buena idea que el Gobierno permitiera tener un masajista por cada trabajador. Ya estuviera trabajando en una sucursal de banquero o de peón de albañil en una obra al aire libre, de frutera en el mercado, incluso de taxista. Cada cual tendría que dar de su propio sueldo un tanto por ciento al Estado. Este se encargaría que durante la jornada laboral disfrutara cada uno de unos minutos de relax. Que tuviera mis diez minutillos de masajes. Sin moverme del sitio, claro. El masajista o la masajista tendría movilidad absoluta. Entonces cuando ya disfrutaba de mi genial idea, me apareció otra mejor.
Que pudieras elegir si quieres diez minutos de masajes relajantes o un buen polvo.
Me quedé con las ganitas.
miércoles, septiembre 23, 2009
Otoño caliente
Mi otoño ha empezado más caliente de lo que anunciaron los meteorólogos. Estaba echándome siesta esta tarde. Me había puesto tumbada en el sofá, en absoluto silencio y con luz tenue. Tenía echada por encima una mantita de las que te dan en los aviones, que no sé de qué estarán hechas que abrigan mucho siendo tan finas. De pronto empecé a despertarme, estaba adormilada, muy a gusto, demasiado a gusto. Tenía unas ganas enormes de que me follaran ahí mismo. Estaba fogosa. Me busqué el clítoris bajo el pantaloncito y las bragas que llevaba hoy.
Me froté el clitoris. Luego me acaricié los pechos por encima de la blusa, sin quitármela. Más tarde las dos cosas a la vez. Lo disfruté. La mantita seguía encima de mí. Mis manos buceaban entre la mantita y mi cuerpo. Hasta que alcancé el climax. Tras eso empecé a tener frío. Mucho frío. Necesitaba un cuerpo caliente que me abrigara.
Pero no tenía otra cosa a mano que otra mantita aérea. Esta vez de la competencia. Me encantan. Son las que más me calientan.
Me froté el clitoris. Luego me acaricié los pechos por encima de la blusa, sin quitármela. Más tarde las dos cosas a la vez. Lo disfruté. La mantita seguía encima de mí. Mis manos buceaban entre la mantita y mi cuerpo. Hasta que alcancé el climax. Tras eso empecé a tener frío. Mucho frío. Necesitaba un cuerpo caliente que me abrigara.
Pero no tenía otra cosa a mano que otra mantita aérea. Esta vez de la competencia. Me encantan. Son las que más me calientan.
No es país para viejos
El anciano del otro día está mejor, pero su familia ha decidido no dejarlo solo. Bueno, tampoco muy acompañado porque lo han llevado a una residencia. El piso donde vivía el abuelo, que está en la planta de arriba, lo han puesto para alquilar sus propios hijos. Pobre hombre. Casi se muere y aprovechan para despojarlo de todo.
No he llegado a estar en ninguna residencia de ancianos, pero me han contando que es bastante triste. Que hay quienes miran para un lado distinto, en silencio. Algunos dormidos. Otros ensimismados en vete a saber qué cosa. Pocos jugando al dominó o charlando de algo que hayan visto por la televisión. Se convierten en despojos de la sociedad cuando no pueden valerse por sí mismos, y este como todos, no es país para viejos, como la peli del Bardem.
No he llegado a estar en ninguna residencia de ancianos, pero me han contando que es bastante triste. Que hay quienes miran para un lado distinto, en silencio. Algunos dormidos. Otros ensimismados en vete a saber qué cosa. Pocos jugando al dominó o charlando de algo que hayan visto por la televisión. Se convierten en despojos de la sociedad cuando no pueden valerse por sí mismos, y este como todos, no es país para viejos, como la peli del Bardem.
viernes, septiembre 18, 2009
Siempre nos sorprende
María, mi casera madurita, tiene voz de fumadora empedernida. Sé que a algunos hombres eso les parece sexy. Cuando otras veces he escuchado sus gemidos a través de estas paredes endebles siempre me ha hecho recordar a ciertas cantantes con voz quejumbrosa.
Hoy la voz ronca de María se alzaba por el pasillo, pedía ayuda, yo estaba comiendo, salí a su encuentro, segundos antes había llamado a mi timbre. Un abuelo, vecino del piso superior estaba inconsciente en el suelo. Tenía pulso pero no respondía a ningún estímulo doloroso. Al poco vino la ambulancia y se lo llevaron. Ya no sé qué pasó. Ella estaba un poco nerviosa porque era la primera que se lo encontró. Somos humanos. No solemos estar preparados para encontrarnos cosas que no esperaríamos ver en un día normal y corriente como otro cualquiera del año.
Hace unos meses me impresionó ver, de camino al trabajo, un grupo de paramédicos intentando reanimar con masajes cardiacos a una mujer que estaba tirada en el suelo. Yo iba caminando y pasé junto a su lado sin pararme, llegaba con la hora justa, pero aquella escena ya me dejó tocada todo el día.
Es raro que te puedas topar con cosas así a diario, porque todo está preparado para que lo evites. Un accidente, un asesinato, un suicidio, una persona inconsciente... en minutos es quitado de la vista de todos. La policía, los médicos, los bomberos, etc... se encargan de que todo siga como si nada hubiera pasado a los diez minutos del suceso. A veces lo vemos, siempre nos sorprende.
Hoy la voz ronca de María se alzaba por el pasillo, pedía ayuda, yo estaba comiendo, salí a su encuentro, segundos antes había llamado a mi timbre. Un abuelo, vecino del piso superior estaba inconsciente en el suelo. Tenía pulso pero no respondía a ningún estímulo doloroso. Al poco vino la ambulancia y se lo llevaron. Ya no sé qué pasó. Ella estaba un poco nerviosa porque era la primera que se lo encontró. Somos humanos. No solemos estar preparados para encontrarnos cosas que no esperaríamos ver en un día normal y corriente como otro cualquiera del año.
Hace unos meses me impresionó ver, de camino al trabajo, un grupo de paramédicos intentando reanimar con masajes cardiacos a una mujer que estaba tirada en el suelo. Yo iba caminando y pasé junto a su lado sin pararme, llegaba con la hora justa, pero aquella escena ya me dejó tocada todo el día.
Es raro que te puedas topar con cosas así a diario, porque todo está preparado para que lo evites. Un accidente, un asesinato, un suicidio, una persona inconsciente... en minutos es quitado de la vista de todos. La policía, los médicos, los bomberos, etc... se encargan de que todo siga como si nada hubiera pasado a los diez minutos del suceso. A veces lo vemos, siempre nos sorprende.
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