Hay ciertas personas a las que mejor no tocarle las narices, por no decir otra cosa. Me refiero a sectores profesionales. No me fiaría de comerme el plato que me ha servido un camarero si minutos antes le he estado recriminando algo. Tampoco putearía a un abogado en su cara si es el encargado de defenderme. ¿Te imaginas cagarte en los muertos de un cirujano que minutos después te va a operar a vida o muerte? Por eso mismo me quedé callada cuando hace dos días fui a vacunarme de la gripe estacional.
Era una rubia de bote, cincuentona, con dos tetas asimétricas, tan grandes y pesadas como las ubres de una vaca vieja y gorda. La cosa es que era gorda, gordísima. Parecía un tonel. Un impresionante escote al que poco le faltaba para dejar entrever los pezones. Si yo ya soy pequeñita, esta era más. Tenía cara de puta de barrio jubilada. Encima se daba aires como de ser alguien importante. Cuando no es más que una puta enfermera del montón, hasta menos que eso. Mis respetos a las enfermeras de verdad.
Me dijo mirando al pc (ignorándome) que yo no estaba en los grupos de riesgo. Que no aparecía ninguna nota de mi doctor de cabecera. Que no me había vacunado nunca antes de la gripe, cuando sí lo había hecho varios años. Me preguntó que por qué me quería vacunar. Le dije que suelo tener complicaciones después de una gripe. Me contestó que es normal toser un poco después de salir de una gripe al estar en bares. ¿Pero de qué mierda me estaba hablando?
-¿Entonces qué pasa?
-Lo siento pero no te la pongo.
Cabrona. Ni si quiera es ella quien paga la vacuna. Me fui a mi piso. Pasé de vacunarme este año. Ni de esta gripe ni de la A ni de la puta que la parió a la enfermera.
Zorra.
domingo, octubre 11, 2009
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