Estoy asada de calor. Sudorosa y con la cara roja. Me he tenido que recoger el pelo en una coleta, ponerme descalza, y vestirme con lo mas fresco y decente que tenia en el armario. Ya puse mi ventilador, pero solo hace mover el mismo aire ardiente de un lado para otro de la habitación, una y otra vez, como buitre esperando a que yo decaiga, para devorarme.
De vez en cuando voy al congelador, cojo un poco de hielo y me lo meto en la boca. Dejando que se derrita por si solo. Cuando estoy sola también me gusta restregarme algun hielo por el cuerpo, sobretodo en el canalillo y en la parte del ombligo. También estoy bebiendo mucho (con hielo, claro) para no deshidratarme.
En la calle la gente no se ve a la hora de la comida. Es como si hubiera habido una epidemia mortal. Es como si esa pandemia estival asolara la ciudad todos los dias, a la misma hora. Pero conforme pasan las horas y llega la oscuridad, la cual tarda ahora en llegar, empiezan a resucitar las almas que habian estado escondidas toda la tarde. Entonces me fijo que la gente va cansada. Como arrastrando los pies. Sin rumbo fijo.
Cuanto mas de noche se hace mas parecen recobrar el sentido, el calor ya no es tanto, la gente parece mas viva, la calle se vuelve ruidosa. El ir y el venir de gente se hace mas que notable cuando se alcanza la medianoche. Todo esto dura hasta bien entrada la madrugada. Con sonidos de las copas de los bares. Risas. Motos. Coches. Mis vecinos echando otro polvo.
Se me derritió el trocito de hielo que me introduje al empezar a escribir, voy a por otro...
domingo, junio 19, 2005
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