Mi casera, llamémosla María, es una madurita de unos cuarenta y tantos, cincuenta, la verdad no lo sé. Suele vestir con colores apagados, el negro es su favorito, tiene el pelo moreno y largo. Le gustan los escotes generosos, se lo puede permitir por lo abultado de sus pechos. Es bonita de cara a pesar de los años y las arrugas en los ojos. Delgada y más alta que yo, por supuesto. Se divorció del marido hace unos años, no sé cómo lo hizo que se quedó con dos pisos contiguos que tenían ambos. Exacto, ella vive en uno y yo en el otro.
Es una divorciada alegre. Casi siempre está fuera y no es raro si la veo con hombres (de uno en uno, claro). Tiene bastante vida social por lo que veo, y es normal, no tiene hipoteca, sus hijos ya no dependen de ella (viven lejos) y no tiene que aguantar a un marido barrigón sentado en el sofá viendo el fútbol. Además cobra un alquiler que mi menda le proporciona sin fallar mensualmente. Trabaja en unos grandes almacenes, en el departamento de ropa o algo así, para mí que es alguna jefa. Por su edad no sería raro que lo fuera.
Es puntual, cada cinco de cada mes viene a cobrarme el alquiler. Lo quiere en mano. Al tuntún. En fajos buenos. Hasta ahora siempre le he podido responder cuando ha venido a por el dinero. Así que no la conozco de malas. Por ahora me cae bien.
María acaba de tirar del water. Odiosas paredes...
jueves, septiembre 17, 2009
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