Ayer viernes volví al estanco cercano a la universidad. La gitana seguía en el mismo sitio. Pero esta vez no sangré. Hacia menos frío.
Compré otra vez sobres y sellos, y varias postales de navidad para tenerlas ya guardadas en algún cajón de mi habitación a la espera de que lleguen los dias de paz y amor y enviarlas a quienes me de la gana.
Al salir del estanco me llamó la gitana:
-¡Niña!
-¿Sí?-mientras me acercaba a ella. Habia un olor exquisito alrededor de las ollas humeantes.
-Yo te conozco, tu me diste la rosa la otra mañana. ¿Cierto?
-Sí, era yo, buena memoria, señora.
-¿Por qué lo hiciste?
-La verdad, no lo sé. Me resultó usted simpática a simple vista. Nada mas.
-¿Quién te la dió a ti, niña?
-Una compañera de clase.
-Toma-me ofreció varias castañas asadas, que me llenaron las manos de tizne al cogerlas y a la vez sentí un calor muy satisfactorio en las palmas de las manos.
-Muchas gracias señora, no tenía por qué.
-Tu tampoco con la rosa, niña.
-Gracias, debo de irme. Se me hace un poco tarde.
-¡Niña!-cuando ya habia andado varios metros. Me volví y sin decirle nada me dijo:
-¡Esa rosa olía a mas que amistad!-la saludé con la mano, y seguí por mi camino, sonrojada.
sábado, noviembre 20, 2004
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